Las máscaras eran elementos imprescindibles en las representaciones teatrales de Grecia y de Roma. Se han convertido en símbolos eternos del teatro y su origen se remonta a las ceremonias religiosas. Tanto la máscara de la tragedia, de elevada frente, como la de la comedia, caricaturesca, presentaban enormes bocas que según algunos les servirían a los actores como altavoz. Algunos directores modernos han recuperado hoy las máscaras para las representaciones, volviendo de esta forma a los orígenes del teatro. Por otro lado, entre las múltiples supersticiones que existen en el teatro, se dice que el color amarillo da mala suerte porque Molière, el autor y actor francés, murió representando su obra El enfermo imaginario vestido de ese color.