Las ruinas de los teatros griegos que se conservan hoy nos dan testimonio de su magnífica construcción: construidos aprovechando las pendientes naturales de las colinas cercanas a las ciudades, eran capaces de albergar miles de personas (diecisiete mil el teatro de Atenas o cuarenta mil el de Megalópolis) y poseían una acústica inmejorable (en un gran teatro como el de Epidauro el tintineo de una moneda en la escena es perfectamente escuchado desde cualquiera de sus catorce mil localidades).